Castilla desangrada.

siembra

Nuestros antepasados fundaron Castilla con su esfuerzo, su sudor y su sangre. Ellos no sabían lo que era eso de la Libertad, Igualdad y Fraternidad. Votaban en sus concejos sin necesidad de partidos políticos. Y su fuerza era tal, que lo que se decidía en las villas, era refrendado por el propio rey. A cambio, los castellanos le apoyaban cuando éste se lo demandaba. Esa era la única democracia que los castellanos conocían y practicaban.

Castilla durante siglos pasó de ser un “pequeña alcaldía”, como nos dice el Poema de Fernán González, a todo un Imperio. Castilla se desparramó por medio mundo. Ello le costó varias quiebras económicas y muchas hambrunas. No todo fueron glorias, como piensan algunos. Pero ese es otro tema. El hecho es que bajo penurias, guerras y calamidades, Castilla seguía estando y siendo el corazón de la vieja España. Pero hay algo que no pudo aguantar. El Liberalismo impuesto por los traidores afrancesados entre 1812 y 1833. Los que se inventaron una España contra la Tradición, contra los antiguos reinos de Las Españas y contra el Antiguo Régimen. Los que precisamente trajeron según ellos a nuestro país su Libertad, Igualdad y Fraternidad. Principios que de entrada nos costaron 3 Guerras Carlistas, la pérdida del Imperio y la Guerra Civil de 1936-1939. Y en ese trance, Castilla fue dividida sucesivamente en regiones artificiales, hasta llegar al presente, donde por no estar, ya no lo está ni en los mapas.

El Régimen de 1978 ha desangrado lo que quedaba de nuestra tierra. Ha borrado a Castilla de la propia mente de los castellanos y ahora procede a la liquidación progresiva de los refugios más íntimos de su Tradición, que son sus pueblos. Pueblos que mueren en silencio. Pueblos reducidos a escombros. Villas donde, como dije antes, se votaban leyes antes de que naciera el Liberalismo y que ahora son el reino de la desolación. Sin griterío de niños, sin fiestas patronales, sin el sonido de las dulzainas y con las espadañas de sus iglesias derrumbadas. Pueblos y villas, que en algunos casos han perdido hasta su nombre.

La base de toda nación son sus familias, sus barrios, sus municipios, sus regiones históricas y sus tradiciones. Sin pueblos vivos, este país pasará a ser una masa estúpida de borregos, que se hacinará grandes ciudades, donde nadie se conocerá, nadie se saludará y la única cultura reinante será la del American Way of Life y su pobredumbre. Sin sus pueblos, España no podrá existir. Sin Castilla y sin el alma de castellanos orgullosos de su tierra, no podrá haber regeneración alguna en nuestra Patria.

Pueblo abandonado de Torrecilla del Ducado (Guadalajara).

Pueblo abandonado de Torrecilla del Ducado (Guadalajara).

Cerriles.

templario

Un fanático es aquel que está dispuesto a todo por sus ideas porque sabe que las mismas sólo pueden traer el bien a su comunidad. Los valores son eternos y están por encima de las modas del momento. Pero un fanático no es aquel que no aprende de sus errores o que se empeña en seguir adelante sin aprender también de sus derrotas. Eso sólo lo hacen los estúpidos y los imbéciles. Los que terminan confundiendo los medios con el fin. Los que se aprenden de memoria los párrafos de los grandes pensadores, sin entenderlos y por tanto, sin aplicar el espíritu de los mismos. Los que se recrean en la simbología y la parafernalia, olvidando que son simplemente el espejo de las ideas. Los que viven exclusivamente de lo andado por otros, sin mirar en el presente el camino que hay frente a ellos aún por andar.

Estamos escasos de fanáticos. De hombres y mujeres que no teman a la muerte. De personas que hayan interiorizado que la materia no es el todo. Que el conocimiento es una de las formas de acercarse a Dios y de servir a los demás. Y no un don gratuito de superioridad sobre el resto de los mortales.

Por contra, de lo que andamos sobrados es de soberbios, cerriles, antipáticos e imbéciles.