1898…

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El cine español se ha dedicado estos últimos 40 años básicamente y salvo excepciones, a mostrar comedias soeces, culos, tetas, esperpentos y Guerra Civil Española (con buenos demócratas y malos fascistas, claro). No es de extrañar que sobreviva a duras penas gracias a las subvenciones públicas. Por eso casi nadie va a ver una película española. Y el hecho de que Torrente arrase en las taquillas es un caso extraño, pero no tanto si uno evalúa la calidad moral e intelectual de buena parte de la población ex-pañola.

El Cine, nació como un Arte y hoy casi ha quedado reducido a la propaganda. Hollywood no es otra cosa que una fábrica de propaganda. Y en España, como en todo Occidente, se ha usado para minar las bases morales de su pueblo, destruyendo no solo su fe, sino sus mitos fundacionales como nación.

Cuantas veces hemos oído decir a muchos españoles que en España no se hace Cine Histórico, al margen de la Guerra Civil. Y su parte de razón tenían. Pero honestamente, es mejor que no lo hagan. Ya hemos visto como en series como El Ministerio del Tiempo, se han lanzado toneladas de basura sobre nuestra Historia. Desde aquel capítulo donde se evitaba que Felipe II consiguiera ganar la guerra a Inglaterra y cambiar el curso de la Historia para gloria de España o a ese otro donde el Cid es un mercenario y además un maltratador…

Hay que convencer a los españoles de que su nación es un error histórico. Hay que insistirles en que toda su Historia es un accidente que no debe volver a repetirse. Meterles en la cabeza que no hubo en verdad una Reconquista (fue una guerra civil, dicen), ni un Imperio Cristiano, ni gloria en sus Tercios, ni honor ni orgullo. Que España inventó la esclavitud y que su Inquisición mató más que nadie en el mundo.Y hay que hacer creer a los españoles que aquellos Últimos de Filipinas, cuya memoria honra hoy hasta el propio Estado Filipino, fueron allí obligados, sin ganas de combatir, sin amor por su país y que su resistencia fue fruto de las ambiciones y desvaríos de un oficial del Ejército Español.

Ya se lo dijo Kissinger a Carrero Blanco en 1973, meses antes de ordenar su asesinato: “cuando España ha sido importante, se ha vuelto peligrosa”. Y de eso se trata. De borrar la memoria del pueblo español. De lobotomizarles para que olviden quienes son y de donde proceden. Que sigamos con nuestro complejo de inferioridad y nuestras ansias de autodestrucción. Y para eso hay que enseñarles una Historia alternativa, sobre todo a través del Cine y venderles muchas camisetas con la bandera pirata de la Union Jack (keep calm y se imbécil). No vaya a ser que los españolitos tomen un día conciencia del alma guerrera que llevan dentro y vuelvan a ser la mayor amenaza que ha tenido en toda su Historia el Imperio Anglo-Sionista de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos de América.

Dinero, demogresca y otros podemonios.

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Sinopsis de Dinero, demogresca y otros podemonios:

En Dinero, demogresca y otros podemonios, Juan Manuel de Prada arremete contra los nuevos tiranos que proclaman la ruptura con la tradición como liberación para el ser humano, convirtiendo a los pueblos en masas invertebradas y fácilmente manipulables. Amputados de sus raíces espirituales y entretenidos en goces plebeyos y egoístas, los pueblos se entregan a una demogresca destructiva que la partitocracia favorece para hacer más fuerte su alianza con el poder plutocrático.

Juan Manuel de Prada aborda en este libro algunas de las cuestiones más candentes de nuestro panorama político, desde el derrumbe institucional hasta el separatismo, desde la plaga de la corrupción hasta el ascenso fulgurante de Podemos. También indaga en las raíces de la crisis económica, que considera alentada por un Nuevo Orden Mundial sin otro dios que el Dinero. Y denuncia una crisis de civilización que, a la vez que promueve el laicismo en Occidente, convierte en un polvorín el mundo islámico. No olvida tampoco el autor abordar las candentes cuestiones de justicia social, ni desgranar las plurales estrategias de «abolición del hombre» con que los nuevos tiranos —siempre enmascarados de benefactores del género humano— destruyen los vínculos comunitarios y nos deshumanizan.