Aquella Navidad…

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Cuando era pequeño, solíamos poner el Belén en mi casa. Normalmente el Día del Sorteo de Navidad, que era cuando nos daban las vacaciones en el colegio. Era todo un pasatiempo muy bonito para cualquier niño. Mi madre me explicaba lo de la Estrella, el significado del ángel sobre el portal, los Reyes Magos y porqué cada día se les adelantaba un poco en el camino hasta el 6 de Enero. Pero había algo más importante dentro del portal. La cuna. La cuna estaba vacía. Y así permanecía hasta las 12 de la noche del Día de Nochebuena. Era entonces cuando colocábamos al Niño Jesús porque ya había nacido. Ya era el Día de Navidad. Todos estos momentos eran aderezados con las canciones de mi madre. Le encantaba cantar villancicos.

Creo que muchas de estas cosas, que se hacían en muchas casas, se han perdido. Ya nadie adelanta día a día a los Reyes y el Niño Jesús aparece en la cuna antes del 25 de Diciembre. Poco importa donde se coloque al ángel porque la figura más relevante es el famoso “cagón” (sin duda el liberal del Belén que se cisca en toda la escena para arruinarla). Ningún niño espera ya ansioso al 6 de Enero. Los juguetes se les dan antes, el día 25 de Diciembre porque así lo ordena la mascota de Coca-Cola, que es ese Papá Noel, que ahora es el verdadero protagonista de todo. La excusa es que así los niños tienen tiempo de poder jugar. Al parecer antiguamente los niños no jugaban más allá del 6 de Enero… Muy pocos bendicen ya la mesa antes de comer. Tampoco lo harán en Nochebuena y en Navidad. Nos sobra tanta comida y tantas cosas, que para qué pensar en los que nada tienen y en lo privilegiados que somos, ¿no?. Menos aún dar gracias por algo que consideramos nuestro y bien merecido. La soberbia que no falte. Ni si quiera en los hogares cristianos.

¿Donde quiero ir a parar?. Pues voy a que hemos convertido el cumpleaños de Jesucristo, el Dios único hecho hombre, en la “fiesta de los niños”, “la fiesta de la magia”,”la fiesta de las luces”, “la fiesta de los regalos”, “la fiesta del puto Papá Noel”, que además nada tiene que ver con ese piadoso San Nicolás de Bari que un día abofeteó a otro obispo que negó la divinidad de Cristo. Hemos convertido la Navidad, el día más importante del año del mundo cristiano, en la fiesta del consumo, de la soberbia y de la estupidez.

Esto en relación a las familias cristianas. No quiero ni imaginarme como será en las familias ateas, liberales o “alternativas”, como se dice ahora. Todo esto que cuento lo verán como una muestra de cursilería ñoña de tiempos pasados. Tiempos no tan lejanos, si tenemos en cuenta que solo unas pocas generaciones nos separan del hambre y la escasez en España. Hambre y escasez que si Dios no nos ayuda, volverán a sufrir muchos niños españoles dentro de muy poco. Quizá entonces nos demos cuenta de todas estas ñoñerías de nuestros mayores que abandonamos en el “dulce y maravilloso” camino de la modernidad liberal y capitalista.

 

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