Germanos contra bereberes.

¿Qué fue la Reconquista? Un criterio superficial de la Historia tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hace asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana… De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los Numantinos [sic]. El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la madurez, cae uno en esta perplejidad: después de todo -se pregunta- no sólo mi cultura sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el celtíbero aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuero de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura y de existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, haya dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores?

Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que han visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados transatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que ya es, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos la patria es el asiento físico de la cuna; toda tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros la patria es la tradición física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.

Con esta previa delimitación de conceptos cabe reasumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista?. Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar los moros (es más exacto llamarles “los moros” que “los árabes”; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del Norte de África; los árabes, raza muy superior, formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros. Toda la inmensa España fue ocupada en paz. España, naturalmente, con los españoles que habitaban en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a los agarenos recién llegados. Es más: sentía muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto al principio de la Reconquista; al final no hay ni que hablar. Después de 600, de 700, de casi (en algunos sitios) 800 años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante 200 años por la dualidad jurídica y en el fondo rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.

La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y otras veces en actitud de súbditos resignados de unos u otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar los “españoles” a los que combatían contra los agarenos, sino “los cristianos” por oposición a “los moros”. La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre dos pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.

Del lado cristiano los jefes preeminentes son todos de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea(1). Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los Estados reconquistadores. La Reconquista es una empresa europea -es decir, en aquella sazón, germánica-. Muchas veces acuden de hecho para guerrear contra los moros señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

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En esquema -abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años- la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido germanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta fines del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del Norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el Norte de África era mucho menor que la de las gentes del Sur y Levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista. Y la culminación de la obra de germanización social y económica de España, no se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar laconstante berebere su primera rendija para la rebelión.

En efecto: el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el estricto sentido jurídicoprivado. Así pues la población campesina de las comarcas más largamente dominadas por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, semiberebere, y la población berebere que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaba, pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. En cambio los cristianos, germánicos, traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya puramente políticomilitares como los de los árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en el caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados, caen en la condición terrible de jornaleros.

La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza su comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura: Monarquía, Iglesia, aristocracia, podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma(2).

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Es un tópico (puesto en circulación por la literatura berebere de que se hablará más tarde) el decir que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra un pensamiento constante del Estado español al través [sic] de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis catolicogermánica. Tiene un sentido de universalidad sin la menor raíz celtibérica y berebere. Sólo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llama el espíritu aventurero español ¿será español de veras en el sentido aborigen o berebere o será una de las señales de la sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones de donde sale mayor número de emigrantes, es decir, de aventureros, son las del norte, las más germanizadas, las más europeas, las que, desde un punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se trasplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el berebere y el germánico. Era cosa casi obligada que un escritor antiaristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como ésta: “Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África”.

Al lado de la conquista de América la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. Su credencial estaba caducada. Ya lo vio el astuto [sic] Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la Reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.

Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora -Monarquía, Iglesia, aristocracia- para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso para la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo berebere sometido, inicia abiertamente su desquite.

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Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la “constante berebere” no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen berebere, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro muy típico, adopta respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión “el pueblo” guarda siempre un tono particularista y hostil. El “pueblo hebreo” comprendía, naturalmente, a los profetas. El “pueblo inglés” incluye a los lores; ¡a buena hora permitiría un inglés corriente que no le considerasen solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice “el pueblo” se quiere decir lo indiferenciado, lo incalificado; lo que no es aristocracia, ni iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo Don Manuel Azaña ha dicho: “no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo”. Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? En España no, porque hay dos pueblos, y cuando se habla del “pueblo”, sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerárquica y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.

Tal dualidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores y dominados. En España no se dio un solo caso de hereje príncipe, como en Francia o en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de casta. Todo hereje, pequeño burgués o letrado, era como un vengador de los oprimidos. En su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia…

Y así hasta las fechas más recientes. La línea berebere, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tonillo de resentimiento de vencidos en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gusto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamiento de la sangre berebere. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigran, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que las odian. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores -católicos, germánicos- haber sido los portadores del mensaje de Europa.

El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscitaba una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores.

Así, grosso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderna es igual a cero. Salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitablemente envuelto en un halo de extranjería.

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Tras de las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista, es decir, la nueva invasión berebere. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino berebere. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa.

Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la Península el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?

(José Antonio Primo de Rivera, prisión de Alicante, 13 de agosto de 1936)

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ADÑ debe seguir y FEJONS también.

Comienzo con este título para ahorrarle la lectura a los que piensan de manera diferente. Particularmente  a los que desde hace 10 años o más, llevan pidiendo la disolución de FEJONS como receta mágica para que surja una especie de FN a la española. También a los que por un lado esgrimen los famosos 27 Puntos de la Falange de 1.934 para no colaborar con nadie y que por otro quieren que las siglas FEJONS correspondan a una mera asociación cultural. Yo respeto todas las opiniones y espero que los demás respeten la mía.

El pasado 19 de Diciembre ya di mi opinión sobre ADÑ y Vox. Y la misma no ha variado tras estas últimas elecciones. Como decía anteriormente, nada avala esa teoría que dice que hay que disolver todos los grupos patriotas para que surja algo nuevo. Sinceramente, no creo que de la nada salgo algo. Y sinceramente, no creo que Vox vaya a ser ni de lejos algo parecido al FN de Marine Le Pen. Lo digo porque el propio Abascal ha marcado bien sus distancias ideológicas con esta formación y porque el programa social del FN al lado del de Vox son agua y aceite. Pero respeto a quien espera lo contrario en un futuro. También esperaban que la AP de Fraga y el PP de Rajoy más tarde, defendieran a España, cuando traicionaban a Blas Piñar en el 82. Porque esto no es nuevo. Ya hemos visto a donde conduce el camino del liberalismo. Llueve sobre mojado. Y Vox no solamente es liberal. Es el PP de Aznar. El PP verde. Ni el FN, ni el partido de Orban, ni el de Salvini. Pero de verdad, quien quiera creer eso, estupendo. Respeto su opinión.

Como ya sabéis, odio mirar fuera de España. Algunos veletas cambian de opinión según se menea la escena patriota europea. Olvidando que cada país es diferente. No tenemos la Historia de Francia, ni la de Alemania, ni la de Italia. Somos españoles. Y éramos una nación antes que esas tres que acabo de mencionar. Tenemos problemas comunes, pero otros genuinamente nacionales. Por tanto, no me sirven las recetas extranjeras. Ahora bien, puestos a mirar hacia fuera, miremos a Grecia, por ejemplo. Amanecer Dorado es un partido patriota de la vieja escuela. No disimulan lo que son y no les importa lo que digan de ellos. Fueron irrelevantes durante los 80 y los 90. Hoy tienen 17 diputados en el Parlamento griego. Su receta. Trabajo, constancia, fe y saber estar donde hay que estar y cuando hay que estar. ¿Sirve esto para España?. No lo sé. Como digo, no somos Grecia. Pero saco este dato para los que piensan que hay que tirar por el retrete éstas u otras siglas históricas.

El problema de ADÑ ha sido su tardanza. Ha surgido cuando a Vox “alguien” le cambió la bicicleta por un deportivo. Pasaron de la nada, de la irrelevancia absoluta a mágicamente estar en todos los medios de comunicación. ADÑ no ha tenido esa “suerte”. Quizá por eso, por la escasez de medios y de tiempo y por no gozar de los favores de Tel Aviv (todo hay que decirlo), no han podido cosechar los resultados esperados. Pero no todo ha sido malo. El mundo azul se ha abierto al mundo social patriota. Y viceversa. Creo que todos han aprendido de todos. Creo que se han reducido rencillas y desconfianzas. Incluso ha habido unanimidad a la hora de elegir al cabeza de lista. Martín Ynestrillas. Hombre de honor y de trayectoria limpia e intachable al servicio de España. Sinceramente, creo que se ha empezado un camino de esperanza. Y creo que truncarlo sería un error para todos. Para los social patriotas y para los falangistas.

No es fácil ni aconsejable dar recetas desde fuera. Pero comparto algunas de Jordi Garriga. Sobre todo la de la constancia en el trabajo. La coalición no puede aparecer solamente en periodos electorales. Esto es una carrera de fondo y de poco vale querer esprintar, cuando no se ha entrenado en meses. Hay que dar a conocer la existencia de ADÑ a los españoles. Y hay que sumar más formaciones. También creo que es fundamental encontrar una mínima pero constante financiación. Sin esto, poco se puede hacer. Partidos como Podemos tienen sus propias tiendas de ropa “progre” (198). Por poner un ejemplo.

También tenemos la problemática del mundo azul. En parte las cosas están como están en el área, fruto de décadas de rupturas, enfrentamientos y puñaladas entre unos y otros. La situación actual es esperanzadora, dado que las formaciones mayoritarias (FEJONS-FE) están en muy buena sintonía. Los grupúsculos de 5 entorno a un blog y los que dicen ser más auténticos que nadie, pero que luego esconden banderas y emblemas, no me interesan. Todavía menos los que han descubierto en Buenaventura Durruti (gran asesino de patriotas y católicos) a un nuevo “pensador nacional sindicalista”. Y como no, tampoco me interesan toda esa riada de frikis y trolls que se esconden en las redes sociales. Que jamás dicen algo constructivo y cuya finalidad es el placer de destruir. Los adoradores de fotos y carteles en blanco y negro. Los del Arriba España cibernético, que luego ni son capaces de sacar una bandera a la ventana de su casa. Los obtusos de la nostalgia de los años 30, 40 o 60. Los que insisten en los 27 puntos de 1.934, olvidando a la Falange de 1.935 y sobre todo a la de 1.936. Los que en definitiva, sacan frases y consignas de José Antonio fuera de su tiempo y de su contexto para avalar su sandeces y terminar pidiendo el voto a Vox. En serio, con esta gente no se va a ninguna parte.

No hace falta ser profeta para darse cuenta de como España y el resto de Europa han entrado de lleno en un periodo muy rápido de desestabilización. Dentro de poco conceptos como la democracia, la libertad o los derechos, van a ser un recuerdo en medio del escenario que se prepara. Resumiendo, no vamos a una guerra. Estamos ya en ello. Y en esa tesitura de desórdenes y vacío de poder vamos a necesitar no un partido verde o unas urnas, sino un núcleo de hombres inasequibles al desaliento. FEJONS y ADÑ, repito, deben seguir adelante.

VOTA ADÑ.

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¿Por qué votar a esta nueva coalición patriota?. Por muchas razones. Porque quieres una España soberana, que recupere su propia moneda para poder hacer las políticas económicas que necesitamos y no las que nos quieren imponer desde Bruselas, el FMI o el BCE. Porque quieres que nuestros pescadores, ganaderos y agricultores no sean los eternos perdedores frente al globalismo capitalista. Porque no quieres una Europa de mercachifles, donde el dinero está por encima de las personas. Porque no quieres a tu lado a países que amparan a los separatistas. Porque estás hasta las narices de que la progresía corrupta y decadente te diga como debes hablar, como debes sentir y como debes educar a tus hijos. Porque estás hasta el gorro de que te insulten por ser católico. Porque estás orgulloso de ser español y no quieres rendir tu bandera frente a Tel Aviv. Porque tienes derecho a decidir quien entra o no en España. Porque estás hasta los c…… de que no se respete el derecho a la propiedad y cualquiera pueda robarte tu casa. Porque no aceptas que asesinar a bebés en el vientre de sus madres sea un derecho. Porque te niegas a que sacrifiquen “humanitariamente” a enfermos y ancianos porque estorban al sistema. Porque Martín Ynestrillas es el candidato de ADÑ y es un caballero, un patriota y un hombre de Honor.

Y porque no quieres ser como el idiota de la foto de abajo.

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Notre Dame de Europa.

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“Estoy sano de cuerpo y de espíritu, y estoy lleno de amor hacia mi mujer y mis hijos. Quiero la vida y no espero nada más allá de ella, salvo la perpetuación de mi raza y de mi espíritu. Sin embargo, en el ocaso de esta vida, ante peligros ingentes que se alzan para mi patria francesa y europea, siento el deber de actuar hasta que aún tenga fuerzas para ello. Juzgo necesario sacrificarme para romper el letargo que nos agobia. Ofrezco lo que me queda de vida con intención de protesta y de fundación. Escojo un lugar altamente simbólico, la catedral Notre-Dame de París que respeto y admiro, esa catedral edificada por el genio de mis antepasados en sitios de culto más antiguos que recuerdan nuestros orígenes inmemoriales.

Cuando tantos hombres se hacen esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. Me doy la muerte con el fin de despertar las conciencias adormecidas. Me sublevo contra la fatalidad. Me sublevo contra los venenos del alma y contra los deseos individuales que, invadiéndolo todo, destruyen nuestros anclajes identitarios y especialmente la familia, base íntima de nuestra civilización multimilenaria. Al tiempo que defiendo la identidad de todos los pueblos en su propia patria, me sublevo también contra el crimen encaminado a remplazar nuestras poblaciones.

Como el discurso dominante no puede abandonar sus ambigüedades tóxicas, les corresponde a los europeos sacar las consecuencias que de ello se imponen. No poseyendo una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores en los cuales podremos volver a fundar nuestro futuro renacimiento rompiendo con la metafísica de lo ilimitado, origen nefasto de todas las derivas modernas.

Pido de antemano perdón a todos aquellos a quienes mi muerte causará dolor, y en primer lugar a mi mujer, a mis hijos y nietos, así como a mis amigos y fieles. Pero, una vez desvanecido el choque del dolor, estoy convencido de que unos y otros comprenderán el sentido de mi gesto y trascenderán, transformándolo en orgullo, su pesar. Deseo que éstos se concierten para durar. Encontrarán en mis escritos recientes la prefiguración y la explicación de mi gesto”.

“Deseo que en el futuro, en el campanario de mi pueblo, como en el de nuestras catedrales, continúe escuchándose el sonido tranquilizador de las campanas. Pero deseo aún más que cambien las invocaciones escuchadas debajo de sus bóvedas. Deseo que cese de implorarse el perdón y la piedad para llamar al vigor, la dignidad y la energía”.

Dominique Venner

 

Feliz Navidad.

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Puede que nos encontremos ante las últimas Navidades “normales” en Europa. Los vientos de cambios dramáticos y quizá traumáticos comienzan a soplar con fuerza. O quizá no pase nada. Pero vamos a festejar estas Navidades, que no significan otra cosa que Dios está con Nosotros. Por tanto solo podemos confiar en la victoria final del Espíritu contra la material. Del Bien contra el mal. De la Llama contra el hielo. Que así sea.

Feliz Navidad y Próspero 2019 a todos.

Somos como tú. ADÑ.

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Somos la Europa del Aborto Cero, la Europa que se mantiene firme en los principios y valores cristianos, principios y valores eternos. Somos Patriotas, amamos a España y queremos todo su Bien. Somos la Europa de la Justicia social, del Bien Común, de la Dignidad humana, la que proteje a la infancia y quiere garantizar el futuro de todos los españoles. Somos la Europa del pleno empleo, la que lucha contra la precariedad laboral y contra la desindustrialización. ¡Adelante España! #SomosADÑ #Euroescépticos2019